Lunes, 8 de septiembre de 2008
Disparos de pisolas, metralladoras y escopetas truenan con ecos en el silencio de la noche del barrio Lamieda.
Ivelís, de 18 años, cae sentada en su cama de una plaza, que relincha con sus brincos. El reloj al lado suyo marca las 2:13 a.m. Ella mira hacia la ventana de aluminio.
Una vecina grita: - ¡Ay Dios mío, me lo matan!
Gritería. Más disparon. Carros chillando goma.
PLAM. Un hoyo en la ventana. PLAM. Otro hoyo. PLAM. Otro hoyo.
Las balas impactan la madera encima de la cabeza de Ivelís y los casquillos caen en la cama entre sus piernas. Ella se tira al piso histérica y gatea hasta el pasillo donde se encuentra con Tata y Mario y se arrinconan en una esquina mientras afuera no cesan los tiros haciendo del resto de la noche una larga y estruendosa.
El sol sale por el horizonte, provocando el canto de gallos y un aumento en el movimiento vehicular en sus carreteras que llevan a la costa nordeste donde está la zona urbana. La misma se ve deteriorada. Edificios despintados y agrietados, calles en malas condiciones y deambulantes por todos lados.
Ivelís, con ojeras y cara de trasnochá, se toma un café y se come un plato de huevos. Tata toce repetidas veces con fuerte congestión de pecho.
- ¡Ay Tata, esa tos no me gusta! ¿Por qué no vas al doctor?
- ¡Ay mija, si es solo un catarrito!
- Catarrito mayai, eso suena a bronquitis.
- Además, el médico me va a cobrar lo que me queda para hacer la compra de esta semana.
Mario entra por la puerta de la cocina con el periódico en la mano.
- Mataron a Tony, al Indio y a Juan. - Él pone el periódico en la mesa y se sienta al lado de Ivelís. - Marcos y Eddie están graves en el hospital. Y secuestraron a Yolandita.
Ivelís vuelve a exhalar frustrada.
- ¡Que barbaridad! - exclama Tata: - ¡No sé a donde va a parar este pueblo!
Un policía toca la puerta y dice asomado por la ventana.
- ¡Compermiso!
Tata y Mario miran.
- Quisiera hacerles algunas preguntas acerca del tiroteo de anoche.
Ivelís va a abrir la boca, pero Tata se le adelante.
- ¿Cuál tiroteo?
- Pues el que ocurrió frente a su casa.
- ¿En serio? ¡No escuchamos nada!
- ¡Pero si el tiroteo ocurrió frente a su casa!
Mario reafirma lo dicho por su esposa.
- No podemos ayudarlo.
El policía dice: - Ok. Gracias por su cooperación. - y se va.
Mientras Tata y Mario hablan con el policía, Ivelís hala el periódico hacia ella y busca la sección de clasificados, específicamente Bienes Raíces y lee el listado de casas a la venta, encabezadas por las de más de un millón de dólares y van bajando hasta las más baratas que rondan los $150,000. Cierra el diario y lo empuja hasta donde estaba y se echa hacia atrás. Ella sabe que con la pensión de veterano de Mario y los trabajos de limpiar, cocinar y cocer de Tata, nunca ganarán lo suficiente para comprarse una casa fuera del barrio. Termina de desayuar y se levanta de la mesa con un objetivo en mente. Tiene que conseguir un trabajo.
Dos horas después, Ivelís camina por el casco del pueblo y entra a una tienda de zapatos.
- ¡Lo siento! No estamos cogiendo estudiantes. - le dice la dueña.
De ahí va al colmado que está al frente donde el gerente le dice con cierta simpatía.
- Ahora mismo no hay nada.
Su próxima parada es la farmacia de la esquina donde la licenciada le dice:
- Necesitas diploma de escuela superior.
Al cruzar la calle entra a una club de vídeos donde el dueño le dice:
- Las cosas están malas. No estoy cogiendo a nadie, por ahora.
Frustrada, ella sale cabizbaja y le pasa por el frente a un viejo vagabundo sentado en la acera con un vaso con el que pide chavos, quien le pita a manera de piropo.
- ¡Chacha, si yo fuera mujer, con ese cuerpo, sería rico!
Ofendida, ella frena en seco delante del vagabundo y lo mira para regañarlo, pero un pensamiento la detiene. Gira la cabeza y ve detrás de unos edificios un enorme rótulo apagado “CLUB SENSACIONES”.
El local está vacío. Empleados colocan botellas en la barra. El dueño del local, Félix Flores, alto, cuarentón, de porte atlético, recorre todo el piso acompañado de Ivelís.
- ¿Cómo dijiste que te llamas? - pregunta él.
- Ivelís.
- ¿Y tienes 18 años, verdad? - ante los ojos de él, ella luce la edad, pero tiene que asegurarse. Ella dice - ¡Ujum! - y él añade: - ¿Identificación?
Ella saca de su cartera la tarjeta de identificación de la escuela que dice su fecha de nacimiento “4-Jul-90". - ¡Necesito hacer mucho dinero y rápido!
- Pues viniste al lugar correcto.- dice él señalándole que guarde la identificación.
-Aquí vas a hacer $300 por noche, mínimo. Todo depende de cuánto esfuerzo le pongas.
Él señala la tarima al fondo del salón, la cual está siendo pulida por dos empleados.
- Ésa es la tarima. Entras y sales por la cortina de atrás que va a los camerinos. No escatimamos en seguridad. Hay bouncers y cámaras por todos lados.
Él ve que ella se detuvo mirando la tarima.
- ¡No sé si pueda hacer esto!
- ¡Es normal! Va en contra de todo lo que te han enseñado en tu casa y en la escuela. Sin embargo, es en donde único puedes hacer el dinero que te mereces.
Ella sigue insegura.
- ¡Todo se ve diferente con las luces apagadas! ¿Por qué no vienes una noche y pruebas? Si te gusta sigues viniendo, si no se acabó. Lo bueno de este negocio es que tu eres tu jefa.
Ivelís entra a su casa por la puerta de la cocina confirmando lo que el silencio ya le había rumorado; no hay nadie. Lo que no había anticipado era la nota que está pegada en la puerta de la nevera.
- Estamos en el hospital. Mario.
A Ivelís le toma media hora caminar hasta el hospital Dr. Tomás Aguirre. Entra por la Sala de Emergencia y pregunta en la recepción por Tatiana Gómez. La enfermera revisa la computadora y le dice: - Cortina 4, por ahí.
Ivelís va en la dirección que la enfermera apuntó pasando pacientes en camillas separadas por cortinas hasta llegar a la cuarta donde encuentra a Tata con una mascarilla de oxígeno y Mario cabizbajo sentado al lado agarrándole la mano.
- ¡¿Qué le pasa?! - cuestiona la joven enseguida aterrada por la escena, acercándose a Tata, apunto de llorar.
- Está durmiendo.- dice Mario, consternado y con la voz fragmentada, - Llevaba días sin poder dormir, y esta mañana se desplomó en la cocina.
Ivelís se lleva las manos a la cara, con el pulso a millón y lágrimas brotando de sus ojos, convencida de que los malos ratos que ha pasado por su culpa llevaron a Tata al colapso.
- ¿Pero va a estar bien, verdad?
Mario tarda en contestar, buscando aire y la coordinación para hablar.
- El doctor dice que tiene una bronquitis bien fuerte. Que si la hubiera traído antes hubiera sido mejor. Dice que quizás tengan que internarla.
- Bueno, si eso la va a curar, pues haremos lo que el doctor diga.
Por primera vez Mario la mira, sus ojos hinchados, pero llenos de desesperanza.
En eso el médico se acerca observando unas radiografías en el aire y les dice.
- Definitivamente ese pecho no es ambulatorio. Vamos a tener que internarla por dos o tres días. Voy a necesitar la tarjeta del plan médico.
Un silencio escandaloso domina el aire por varios segundos. Ivelís abre los ojos bien grande y baja la cabeza sintiendo como si el mundo se le callera encima. El doctor ve la mirada en blanco de Mario quien no puede hablar, pero sus ojos gritan con desesperación.
- ¿Seguro del gobierno? - pregunta el galeno.
- Mi pensión de veteranos es $25 por encima del tope para cualificar.
- ¡Oh, ya veo! - dice el médico. - ¿Tienen tarjetas de crédito, o algún colateral?
Ivelís, sin levantar la cabeza, pregunta: - ¿De cuánto estamos hablando?
- $500 para empezar.
La caída de la cabeza de Mario lo dice todo. - ¿De dónde voy a sacar yo $500?
Entonces Ivelís levanta la mirada y le dice al doctor con determinación.
- ¡Intérnela y cúrela! - se pone de pie y le dice a Mario. - Conseguiré un trabajo y juntaré todo el dinero que haga falta. - y mira al doctor otra vez. - ¡Le doy mi palabra!
- Ok. La internaré inicialmente por 24 horas. Le pondremos suero y veremos como está mañana.
-Muy bien. - Ivelís le dice a Mario, - Quédate con ella. Nos vemos mañana.
Por la noche, las letras grandes y brillantes color lila cobran vida iluminando el letrero de “Club Sensaciones”. Debajo, en un llamativo verde neón, la frase “Mujeres desnudas”. Frente al local hay una larga fila de hombres. Adentro, Félix escolta a la nerviosa Ivelís al camerino donde una docena de chicas se visten y maquillan.
- Chicas, ella es Ivelís. Va a estar con nostros a prueba.
- ¡Hola! ¡Bienvenida!
Él señala un clóset al fondo del camerino.
- En ese clóset hay ropa y accesorios que puedes usar esta noche. Voy a avisarle al DJ para que te ponga en la lista. Ve pensando en un seudónimo.
- ¿Seudónimo?
- Sí, a menos que quieras usar tu verdadero nombre, aunque no lo recomiendo.
- ¡Ay no sé!
- Bueno te daré uno provisional, pero ve pensando en un buen nombre si decides seguir.
Un rato después, las luces del club se apagan y se escucha la voz del DJ.
- ¡Y ahora ante ustedes, Nova!
Atravesamos una nube de humo de cigarrillo adentrándonos en un ambiente de discoteca. Las luces se encienden. Ivelís entra al escenario con una camisa blanca amarrada por el frente y una falda larga que se abre por las piernas.
Ella camina nerviosa alrededor del escenario, fuera de sinc, sin ritmo y sin conectar con los hombres que la observan. Entonces se agarra del tubo con una mano y gira a su alrededor, sin mirar al publico, enfocada unicamente en el cilindro de metal. Hace movimientos se serpiente pegada al tubo y se gana los primeros piropos de sus machos. Eso le da confianza para dar vueltas con más rapidez hasta que se llena de adrenalina para soltarse y acercarse a ellos tentándolos con los lazos y escote de la camisa donde ellos le meten dinero.
Ella les da besos. Vuelve al centro donde se quita la camisa, quedando en un sensual sotén negro. Los hombres se paran gritando, como una ola humana en un partido de baloncesto.
Félix, recostado de la barra, se tambalea ante la explosiva reacción del público.
Ella vuelve al tubo y mientras da una vuelta agarrada con una mano, se desabrocha la falta con la otra y la tira al aire hacia el público, enloqueciendo a todos.
Más tarde, en el camerino, una emocionada Ivelís cuenta todo el dinero que hizo en la tarima. Dos muchachas están con ella elogiándola.
- ¡Estuviste brutal!
- ¡Los volviste locos!
Félix entra. - ¿Y bien?
Ivelís lo mira con la mano llena de billetes.
- ¡Esto es un éxito!
- ¿Te apunto para otra ronda?
- ¡Sí, sí!
A las 9:17 de la mañana Ivelís entra a la Sala de Emergencia y encuentra al doctor a quien le muestra un bollo de dinero en efectivo y le dice.
- Conseguí $350. Tendré los otros $150 mañana. ¿Cómo está Tata?
Él se ve impresionado por el efectivo y no necesita ser un genio para deducir cómo consiguió tanto dinero en una noche.
- El trato eran $500 para hoy. Mañana es otro adicional, serían $700. Ella está respondiendo bien al suero, pero va a tardar por lo menos tres días en mejorar a un nivel que sea seguro darla de alta y tratarla ambulatoriamente. Una bronquitis tan severa como esa no se forma de un día para otro. De igual forma no se puede curar de un día para otro.
- ¡El tiempo que sea necesario! ¡Solo cúrela! Yo me encargo de la cuenta. ¿En qué cuarto está?
- 309. Pero antes, pase por la recepción y abone esos $350. No se le vayan a perder.
- ¡Claro! - ella se aleja caminando hacia la recepción mientras el doctor se le queda mirando todo el trayecto por el pasillo y afila la sonrisa.
Quince minutos más tarde, ella entra a la habitación 309, donde Tata sigue durmiendo por los calmantes y Mario está sentado a su lado en silencio.
- Buenos días. - dice ella en voz baja.
Mario se levanta y va donde ella, quien le pregunta.
- ¿Cómo está?
- Estuvo despierta toda la mañana pero se volvió a dormir. Pero sonaba mejor. Parece que dormir le vino bien. El doctor dijo que el tratamiento está funcionando, pero que tomará varios días.
- Sí, me dijo lo mismo.
- ¿Conseguiste el dinero?
- Aboné $350.- dice ella. Él baja la mirada en resignación, conciente de los sacrificios que a veces hay que hacer en el mundo de los pobres. Ella añade: - No te preocupes conseguiré lo que sea necesario. Lo importante es que ella reciba el tratamiento que se merece.
Sin poder mirarla a los ojos, el mueve la cabeza, - Gracias.
Entonces se dan un fuerte abrazo de consolación.
miércoles, 7 de octubre de 2009
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